Cómo saber si un niño miente

El día de hoy quiero hablar de esos momentos, cuando el angelito de la casa empieza a decir cosas que faltan a la verdad una y otra vez. Cuando esto pasa es difícil no sentir frustración, tanto hacia uno mismo como padre, así como hacia el Niño o la niña.

Pero el enojo no llega solo, generalmente viene acompañado de la duda. ¿Por que lo hizo? Esta pregunta los padres responden de diferente manera. Por ejemplo: algunos adultos se limitan a creer que los niños son chantajistas y egoístas y por eso no piensan dos veces antes de mentir. Y por ende no tiene sentido perder el tiempo tratando de arreglar algo que no tiene solución. Otros actúan como si su hijo estuviera descompuesto, pensando que la única persona responsable de las mentiras del niño es el mismo. Y por esto mismo, el debe ser el que debe cambiar del otro lado del espectro.

 

Están los padres que prefieren no aventar la responsabilidad a otros, aunque esto implique vivir con la culpa de haber hecho algo mal, y creen que no son buenos padres. Y no hay que olvidar a quienes opinan que es algo totalmente normal, “digo, al final de cuentas todos mentimos ¿que no? No tiene nada de malo aprender desde chiquillos”. Y son papas que con o sin intención entrenan muy bien a sus hijos en el arte del engaño. Pero, ¿quien tiene la razón? La verdad es que ninguno y todos a la vez. Para entender porque los niños dicen mentiras, debemos saber que hay muchas razones que nos motivan a TODOS a decir mentiras, y en el caso de los niños no es diferente.

También debemos saber que hay diferentes tipos de mentira. Cada una de ellas con sus razones, y lo que es mas importante cada una se debe afrontar de manera particular. Es normal que los niños más pequeños, no siempre separen la realidad de la fantasía al momento de expresarse. Por lo que en niños de hasta 4 años, es natural que digan mentiras de vez en cuando, que en su mayoría son bastante obvias. En estos casos no hay mucho que hacer, ya que es un proceso natural del desarrollo, aunque como en todo hay que evitar los extremos.

 

Ni humillarlos por decir mentiras, ni enaltecer de mas su gran imaginación y falta de límites. Dejando a un lado las inocentes mentiras de los más jóvenes, o las esporádicas faltas a la verdad de algunos niños y niñas, cuando se dicen mentiras con bastante frecuencia, estamos frente a un iceberg donde la mentira es solo la punta. Es una señal que indica que el verdadero problema se encuentra por debajo de estas mentiras superficiales. Dentro de las falacias que señalan algún tipo de desajuste, las funcionales son las más comunes, tanto que incluso los adultos las dicen con bastante frecuencia.

Como su nombre lo indica, son aquellas que sirven para algo, como evitar un castigo: “Yo no le pegue a mi hermanito”. Conseguir un premio: “Hoy fui el que mas participio en clase”. O hacer daño a otros: “Yo vi que Rosita agarro el lapiz de Ana”. No porque sean las más comunes significa que no debamos atenderlas, ya que el desajuste que nos señalan, es que aun no se han desarrollado del todo el sentido de responsabilidad o de respeto. Y si las solapamos estaremos fortaleciendo sus capacidades deshonestas y manipuladoras.

 

En estos casos simplemente se deben señalar con firmeza que esa conducta, no es aceptable (lo cual es MUY diferente a reprender con ira). En caso de ser necesario, recurrir a algún tipo de consecuencia debe ver ningún beneficio de su mentira y en caso de ya haberlo obtenido lo debe perder. Imagina a un niño, que le dice a sus amigos que su papá lo llevará al parque, aunque sabe bien que su padre ha fallecido. Este es un ejemplo de una mentira compensatoria.

Son aquellas que no proporcionan ningún beneficio evidente. Surgen cuando existe una carencia real en la vida del niño y este trata de compensarla en la imaginación. Cuando hay una pérdidas recientes, es hasta cierto punto normal que se presenten por un tiempo. Pero en la mayoría de los casos, son un indicador de una seria carencia, casi siempre afectiva. Lo que se puede hacer en estos casos, es escuchar la “mentira” y entenderla como un mensaje que nos dice lo que esta faltando. En caso de poder cubrir esta necesidad, evidentemente lo ideal seria hacerlo.

 

En el caso contrario, solo podemos acompañar al pequeño en el proceso de aceptación y adaptación escuchando, preguntando y siendo comprensivos hacia sus necesidades. Cuando las mentiras se vuelven abrumadoramente frecuentes, descaradas, ilógicas u obstinadas, cuando parece que la mentira ya es algo involuntario, puede que nos estemos enfrentando a un descontrol mayor. Que puede ir desde un total desajuste social hasta una percepción deteriorada de la realidad.

En estos casos, lo ideal es recurrir a la ayuda de un experto, aunque seguir algunas de las recomendaciones de los puntos anteriores, puede ser un buen complemento. Los buenos padres no son aquellos que tienen hijos que aparentan ser perfectos, que nunca hacen nada fuera de lo normal. Sino aquellos que observan y aprenden de sus hijos, para ayudarles en su crecimiento.

Así que la próxima vez que te toque escuchar una mentira, puedes ir mas haya de simplemente descalificarla y puedes tratar de identificar lo que esta detrás de esa mascara.