
En ausencia de patologías neurológicas, sensoriales, cognitivas o genéticas, el desarrollo del lenguaje se produce a través de una serie de fases que se suceden en un orden que todos los niños comparten.
Sin embargo, existe una considerable variabilidad individual con respecto a las escalas de tiempo, formas y estrategias que cada niño utiliza para alcanzar niveles cada vez más altos de competencia comunicativa y lingüística. Hay que tener en cuenta, de hecho, que el desarrollo lingüístico debe situarse en el contexto más amplio del desarrollo cognitivo, psicológico, relacional-afectivo y sensorial-motor.
Esto significa que cada niño sigue su propio ritmo de desarrollo personal, que debe ser respetado. Los niños y niñas no deben ser comparados ni tener grandes expectativas haciendo demandas que van más allá de sus capacidades, exponiéndolos así al fracaso y la frustración, además de socavar su motivación y su autoestima.
Sin embargo, no es necesario ponerse en un estado de simple «expectativa segura», corriendo el riesgo de perder un tiempo precioso. Es muy importante conocer y prestar atención, especialmente a la edad de dos años , a algunos indicadores del desarrollo del lenguaje, no para crear alarma sino para identificar tempranamente cualquier dificultad e implementar intervenciones específicas para proporcionar al niño la ayuda que necesita.
El niño aprende a comunicarse primero y luego a hablar
La aparición del lenguaje verbal va precedida de una fase no verbal o prelingüística durante la cual el niño adquiere una serie de habilidades comunicativas que son indispensables para el desarrollo lingüístico: los prerrequisitos. Estas competencias surgen muy pronto, generalmente en los primeros 12 meses de vida.
Durante el primer año de vida el niño adquiere diferentes habilidades de comunicación y aprende a comunicarse con el mundo exterior a través de comportamientos gestuales y vocales (sonrisas, muecas, diferentes tipos de llanto, vocalizar y gestos) con los que señala al adulto que lo cuida, sus propias necesidades y emociones.
Inicialmente, estos comportamientos no son intencionales, pero con el tiempo, la interpretación, el refuerzo y las respuestas que los adultos dan a estas señales hacen que gradualmente adquieran un significado comunicativo preciso y estable para el niño.
Si no hay requisitos previos , el lenguaje verbal puede emerger tarde o no emerger en absoluto.
Principales pasos en el desarrollo del lenguaje
Primeros 6 meses
Las primeras producciones vocales del niño son de naturaleza vegetativa (bostezos, eructos) o relacionadas con el llanto. A través del llanto el niño comunica un estado de necesidad (hambre, sueño, dolor) que es capturado y satisfecho por las personas que lo cuidan.
A partir de los 3 meses, las producciones vocales ya no están ligadas exclusivamente al llanto, sino que surgen las primeras vocalizaciones y una variedad de sonidos similares al gorjeo, el chasquido, el gorjeo y la perdiz, favorecidos por una mayor capacidad de movimiento de la lengua. Gracias al aumento de la percepción auditiva, el niño presta mayor atención a la voz humana y sus diferentes entonaciones, prefiriéndola a otros tipos de sonidos y ruidos. Aprende a escuchar.
En este período aparece una habilidad muy importante para el desarrollo comunicativo y lingüístico: la fijación de la mirada. El niño es capaz de enganchar y sostener la mirada del adulto, una habilidad que le permite entender y reconocer expresiones faciales (comunicación no verbal) y observar los movimientos de la lengua y los labios.
Se inicia una fase de interacción con el adulto, principalmente con la madre, que consiste en intercambios comunicativos, similares a conversaciones reales hechas con miradas, sonrisas y voces.
Cuando una persona le habla, el niño lo mira y escucha su voz. El niño aprende a imitar y reproducir los sonidos que ha oído. Después, el niño podrá repetirlos intencionalmente.
A partir de los 6 meses, las vocalizaciones comienzan a respetar las restricciones fonológicas propias del lenguaje al que está expuesto el niño. Comienza la fase de balbuceo o instalación canónica, durante la cual el niño repite la misma sílaba en secuencia, por ejemplo: ma ma ma ma, ma, pa, pa, da da da, ecc.
Estas sílabas todavía no tienen sentido porque el niño todavía no ha asociado un significado con la sílaba pronunciada y no es consciente de que está hablando. Comienza un juego articulatorio: el niño controla su actividad fono-articulatoria, escucha y se divierte. Esta retroalimentación acústica tiene un alto valor motivacional para continuar el juego y el niño comienza a tener largas «conversaciones» con sólo sílabas, variando también la entonación, como si estuviera hablando. El refuerzo del medio ambiente es esencial para fomentar el aumento y la variedad de sílabas producidas. Alrededor de los 8-9 meses comienza la fase de vinculación variada: las combinaciones silábicas son más elaboradas y el niño repite diferentes sílabas en secuencia (por ejemplo, ma-ba, ba-bi, pa-da, etc.).
9 – 12 meses
A partir de los 9 meses se inicia una fase fundamental para el desarrollo comunicativo: la transición de la comunicación no intencionada a la comunicación intencionada.
El niño toma conciencia de sus posibilidades de comunicación y de los efectos que su comportamiento tiene en las personas y aprende a utilizarlas para alcanzar una meta.
Las primeras intenciones comunicativas que el niño manifiesta se expresan a través de los gestos comunicativos intencionales deícticos: indicar, dar, mostrar. Inicialmente, el niño utiliza estos gestos para pedir y/o nombrar un objeto, a menudo asociando vocalización y mirando al adulto, y luego lo hará también para compartir y llamar la atención del adulto sobre un evento.
Surgen los primeros morfemas (unidades silábicas): el niño comprende que existe una relación entre lo que quiere y sus expresiones vocales. Inicialmente, el mismo morfema tendrá diferentes usos, por ejemplo, «pa» puede ser la gelatina, el padre o la pelota. A continuación, el niño aprende a diferenciar su producción y es capaz de señalar sus peticiones de una manera más precisa.
12 – 18 meses
Comenzar la producción de las primeras palabras
El comienzo de las primeras palabras se produce al mismo tiempo que la aparición del juego simbólico o el «fingir», a través del cual el niño aprende a utilizar un objeto fingiendo que ese objeto es en realidad otra cosa. De esta manera aprende que las palabras son también un símbolo, representan un objeto y pueden ser utilizadas para comunicarse.
Las palabras producidas tienen una estructura silábica simple porque sus capacidades de articulación son todavía muy limitadas: articula principalmente los sonidos nasales (m,n) y oclusivos (p,b, t, d, g y c dure). Alrededor de los 18 meses de edad, debe tener un vocabulario expresivo compuesto de sonidos onomatopéyicos, nombres de personas, alimentos y objetos familiares y cotidianos.
El holograma está presente: el niño utiliza la única palabra para nombrar, expresar una petición, una exclamación o describir una acción, variando también la entonación según el mensaje que quiere expresar. Es muy importante proporcionar la etiqueta verbal correcta. Por ejemplo, si un niño dice «bau» para indicar al perro, le responderemos: «Sí, el perro».
En este período surge un segundo tipo de gesto comunicativo de tipo «referencial»: hola hola, se ha ido, se ha vuelto loco, golpea sus manitas para decir bien.
Hay una discrepancia considerable entre la producción y la comprensión: el niño entiende muchas más palabras de las que sabe decir y es capaz de ejecutar peticiones simples y contextualizadas.
18 – 24 meses
A partir de los 18 meses de edad, el vocabulario explota.
Los niños aumentan el número de palabras producidas y aprenden nuevas palabras en poco tiempo, llegando a los 24 meses, para poseer un vocabulario de unas 200 palabras. Usan palabras sociales como sí, no, hola, dame, mira. Aparecen adjetivos, los verbos se hacen más numerosos, comienzan a nombrar partes del cuerpo, nombres de lugares y ambientes.
La variabilidad individual se está volviendo cada vez más notoria y la estimulación ambiental puede afectar la calidad y cantidad del vocabulario.
2 – 3 años
A partir de los 2 años, el niño puede combinar dos o más palabras para formar las primeras oraciones.
Estos tienen una estructura simple: sujeto-verbo (juegos del bebé), objeto de complemento verbal (el bebé juega con la pelota) o complemento de sujeto (el bebé juega con la pelota). Puede haber expresiones como: «aquí está mamá», «vete», «come más». Los sonidos de la onomatopeya tienden a desaparecer. Los enunciados se componen principalmente de palabras sueltas en sucesión, a menudo sin verbo. Por esta razón se les da la definición de «estilo telegráfico» que también permite al niño expresar sus pensamientos.
El niño entiende y ejecuta peticiones más complejas y menos contextualizadas que involucran exclusivamente la decodificación verbal.
Durante el segundo año de vida, las habilidades lingüísticas del niño evolucionan rápidamente: comienzan a aparecer simples afirmaciones nucleares; aparecen ejemplos de concordancia entre nombres y adjetivos.
A partir de los 30 meses, el número de palabras individuales seguidas ha disminuido significativamente, y las oraciones complejas siguen siendo incompletas (por ejemplo, los niños toman cucharas y comen sopa). Comienzan a aparecer las primeras preposiciones y artículos. Sus habilidades articulatorias también evolucionan: pronunciación de sonidos fricativos y afligidos: f, s, v, ci y gi. Puede aparecer fonema r.
3 – 4 años
El niño logra aprender las estructuras básicas de todas las frases de la lengua y su lenguaje es muy similar al del adulto. El repertorio fonético también está casi completo (pueden faltar los fonemas r y z) y los sonidos se producen sin distorsión.
Las sentencias son cada vez más complejas. Por ejemplo: Vi al perro corriendo; no quiero pasta porque no me gusta; el niño también puede estructurar bien oraciones relativas, pasivas e interrogativas, usando las reglas gramaticales y sintácticas fundamentales de una manera suficientemente correcta. Ahora es capaz de contar pequeñas historias de su propia experiencia, hace preguntas.
Obviamente, seguirá enriqueciendo su vocabulario en edad escolar, desarrollando sus habilidades lingüísticas, desarrollando su función pragmática y utilizando el lenguaje como herramienta de pensamiento.
Referencias bibliográficas
Stella G. (2000). Desarrollo cognitivo. Milán: Mondadori
Caselli M.C., Casadio P. (2007). El primer vocabulario del niño. Milán: FrancoAngeli
Bonifacio S., Hvastja Stefani L. (2010). Intervención temprana en el retraso del habla. Milán: FrancoAngeli
